“El Cipoletazo”: a 55 años de la pueblada que transformó la vida política rionegrina
Minutos después del mediodía del 12 de septiembre de 1969, el centro de Cipolletti empezó a convertirse en un hervidero de gente. Por la pantalla de Canal 7, el periodista Abrahám Tomé informaba sobre la llegada al municipio de una delegación enviada por el ministerio de Gobierno desde Viedma. Su misión: deponer al intendente Julio Dante Salto. Llegaba pesonalmente el jefe de Policía, el comandante Antonio Aller.
Los interventores no esperaban una gran reacción por parte de Salto ni de la comunidad. Corrían los años de la “Revolución Libertadora”, con el general Juan Carlos Ongañía asentado en la presidencia e imaginando un gobierno caudillesco al estilo del español Franscisco Franco. Y si bien estaba fresco en la memoria el recuerdo del “Cordobazo”, ocurrido cuatro meses antes, nada les hacía suponer que en aquel pequeño pueblo de agricultores y chacareros podía ocurrir algo semejante.
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Pero las cosas ocurren y tienen un por qué. Tal vez puedan empezar a explicarse en las pequeñas historias de rivalidades entre ciudades cercanas; continúen por el desarrollo de iniciativas que resulten “amenazantes” para sus vecinos” y lleguen a instalarse con fuerza en las disputas por mayores espacios políticos. Un cóctel interesante que fue dando para que ese 12 de septiembre la situación estuviera a punto de desbordarse.
Hacía menos de un mes que Ongañía había designado a Juan Antonio Figueroa Bunge como gobernador de la provincia de Río Negro. Un ingeniero con poco tacto político: había sido asesor de empresas estatales; y ministro de Obras Públicas de su antecesor, Luis Lanari. Y se impuso la misión de terminar con algunos intendentes “díscolos”, como el caso de Salto. Designó como ministro de Gobierno a un roquense, Rolando Bonacchi, abogado, integrante de una familia tradicional, e integrante de lo que entonces se llamaba “Unión Cívica Radical del Pueblo”.
En septiembre de 1969, la sociedad cipoleña salió masivamente a las calles para defender a su intendente, Julio Dante Salto. Foto: archivo.
Bonacchi compartía con su jefe la idea de que una personalidad como la de Salto era “intolerable” para las prácticas políticas de la época; y que había que articular el Alto Valle a partir de una centralidad geopolítica de General Roca. El anuncio de la construcción del puente sobre el río Negro, en Paso Córdoba, fue la confirmación de esa estrategia. Y todas las localidades del Alto Valle Oeste rionegrino, desde Allen hasta Catriel, se sintieron amenazadas.
Salto había sembrado durante los seis años en que estuvo en la intendencia: un plan de obras y servicios públicos, más la construcción de viviendas, le ganaron el papel de lider de esa sociedad de apenas 30.000 almas. Pero sus pares de las otras localidades lo empezaron a mirar como un referente posible.
¿Sabía el doctor Salto que se podía armar semejante pueblada? La hipótesis más probable es que una parte de la reacción popular haya sido planteada como una alternativa para una negociación, pero la masividad de la respuesta popular fue más allá de eso.
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Siguió una semana convulsionada: represión, enfrentamientos entre policías y manifestantes, golpizas, apagones y movilizaciones espontáneas a cualquier hora del día. Cipolletti se convirtió en uno de los temas de la política nacional: las radios y las revistas empezaron a difundir la problemática local. El poder militar y su portavoz, el ministro del Interior, general Francisco Imaz, empezaban a ponerse nerviosos.
Finalmente, hubo un acuerdo general, como para que no hubiera “vencedores ni vencidos”: Figueroa Bunge y Salto renunciaban; pero el político cipoleño iba a elegir a su sucesor, el médico pediatra Alfredo Chertudi.
Pero si la pueblada cipoleña no pudo evitar que Salto saliera de la intendencia, logró algo más importante: posicionó a la ciudad como una referencia a nivel provincial; ya nadie se propuso excluir a la región oeste del desarrollo regional, y mostró la potencialidad de Cipolletti en la política rionegrina. Ya nada iba a ser igual.