POLÉMICA
Natalia Oreiro habló de la crianza de su hijo de 14 años y desató un fuerte debate
Natalia Oreiro, una de las figuras más reconocidas del ámbito artístico sudamericano, ha dejado nuevamente su huella en el panorama mediático, aunque, esta vez, no por su aclamada actuación o su impresionante carisma, sino por una elección personal sobre la manera en que cría a su hijo de catorce años, Atahualpa. La actriz uruguaya, conocida por su actitud discreta y su preferencia por mantener su vida familiar fuera de la esfera pública, ha encendido un debate que resuena en múltiples capas sociales y culturales. Oreiro y su esposo, Ricardo Mollo, han decidido retrasar el acceso de su hijo a la telefonía móvil hasta que alcanzara una mayor madurez, una postura que pocos esperaban en esta era digital, donde el rápido acceso a la conectividad se considera casi un derecho inalienable de la juventud.
Este tema, que surgió durante una entrevista informal con Infobae, no tardó en capturar la atención generalizada. Oreiro comentó, de manera despreocupada pero consciente de su mensaje, que para el cumpleaños número 14 de su hijo, planean regalarle un teléfono sin conexión a Internet, una elección deliberada que subraya su intención de dosificar la exposición de su hijo a la vastedad cibernética. El trasfondo de esta decisión se mide en un contexto educativo poco común en relación al sistema Waldorf, que prioriza un enfoque comunitario para encarar tales cuestiones.
La reacción mediática ha sido mixta. En las redes sociales y plataformas digitales, la controversia floreció de inmediato, resaltando un cambio generacional en las percepciones sobre la crianza de hijos. Santiago Siri, un influyente divulgador tecnológico, fue uno de los más vocales en su desacuerdo, argumentando que alejar a los niños de la tecnología no mejora su libertad ni consciencia sobre el mundo. Siri sostiene que el verdadero desafío está en educar, no en prohibir, y caracteriza la decisión de Oreiro como un acto de "fantasía moralista".
La discusión que parte de esta anécdota particular, sin embargo, trasciende el caso personal de Atahualpa, reflejando tensiones más amplias en torno a cómo las sociedades actuales lidian con la omnipresente digitalización de la vida. Las consideraciones maternas y paternales sobre el acceso a Internet, vistas a través de este prisma, reflejan un debate que tiene múltiples aristas y está asociado tanto a las capacidades educativas del sistema escolar como al clima tecnológico del hogar.
A pesar de las opiniones divergentes, el abordaje empleado por Oreiro no está solo en el paisaje educativo. En el curso de su hijo, compuesto por 38 estudiantes, un número significativo aún no cuenta con teléfonos a la edad de 14 años. Esto indica que su nuevo dispositivo sería un paso, cuidadosamente pensado, hacia un futuro menos filtrado por la pantalla, donde, para Oreiro, los límites sirven como puentes hacia el diálogo y el aprendizaje mutuo, más que simples barreras prohibitivas. La narrativa así tejida también plantea interrogantes serios sobre cómo las decisiones individuales pueden presagiar configuraciones sociales más amplias en un mundo que se acelera a ritmos insospechados.