Un rionegrino intervino en Venezuela tras dos terremotos: "Fue como entrar a una zona de guerra"
Fabricio Llanqueleo, bombero y brigadista de Valcheta, fue parte de una expedición humanitaria que lo marcará para toda su vida. De la mano del Grupo Fénix Unit, conformado por 15 socorristas argentinos y otros 15 médicos venezolanos radicados aquí, concurrieron hasta la zona de desastre en Venezuela. Reunió donaciones para viajar como voluntario y terminó enfrentándose a una de las tragedias más devastadoras de los últimos años.
En diálogo con NoticiasNet contó cómo fue trabajar entre edificios derrumbados, cadáveres y réplicas que amenazaban con sepultarlos. Todo comenzó cuando las noticias mostraban el desastre provocado por los dos terremotos que sacudieron el norte de Venezuela, en La Guaira, el pasado 24 de junio. Fabricio sabía qué hacía fal
ta y decidió sumarse a una misión humanitaria argentina para colaborar en las tareas de búsqueda y rescate.
El brigadista y bombero de Valcheta, de 37 años, integró un equipo para asistir a las víctimas de una tragedia que ya dejó 4.490 muertos, más de 16.700 heridos y miles de personas sin hogar, según el último balance oficial.
Relató una experiencia que, asegura, lo marcó para siempre. Al respecto, señaló: "Somos una ONG y nos sustentamos nosotros mismos. Empezamos a pedir donaciones para poder viajar. Conseguimos un vuelo solidario de un (conocido) piloto (y cineasta), Enrique Piñeyro y eso nos permitió llegar a Venezuela. Después cada uno tuvo que juntar dinero para trasladarse hasta Buenos Aires”.
Llanqueleo fue convocado por la brigada de rescate y se convirtió en uno de los dos rionegrinos que integró la misión (el otro fue Damián Quillón, bombero voluntario de Viedma y actual brigadista en Villa La Angostura). Nada de lo vivido anteriormente como bombero lo preparó para ese escenario. Comentó: "Fue como una escena de guerra. Uno sabía a lo que iba, iba preparado psicológicamente, pero cuando llegamos fue mucho más de lo que imaginábamos”. "La muerte estaba por todos lados. El olor, la mutilación de los cuerpos, ver manos, pies... fue muy impactante", contó.
Cada ingreso podía ser el último
Además del desgaste físico y emocional, los rescatistas trabajaban sabiendo que sus propias vidas corrían peligro. "En cada ingreso sabíamos que podíamos quedar atrapados. Nos pasó que mientras retirábamos escombros se produjo un derrumbe y tuvimos que salir corriendo. Volvíamos a entrar y otra vez se caía todo", relató.