Por qué las calles de asfalto también están detonadas después de la lluvia
Las lluvias de julio y lo que va de agosto, muy superiores a la media histórica, han provocado verdaderos desastres en las calles de la región. Cipolletti no escapa a esa regla: y si las de tierra están detonadas, las pavimentadas no están mucho mejor. Pozos, cráteres, tierra de nadie, zanjones. Los automovilistas se quejan con pocas sutilezas y la mayoría está con el ánimo por el piso. Y todos buscan a un culpable, sin poder identificarlo del todo. Entonces, la gran pregunta es: por qué se rompen las calles después de una lluvia.
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Y la explicación habrá que buscarla en la propia geografía de la región: “nuestras ciudades del Alto Valle están asentadas sobre un valle aluvional, en un sector con muy poca pendiente”, destacó Rodolfo Merlino, meteorólogo de profesión y ex responsable de la Estación Meteorológica Cipolletti.
La escasa pendiente dificulta el escurrimiento natural del agua de lluvia: Cipolletti es casi plana, con una leve declinación de noroeste a sureste. A esto se le suman los obstáculos naturales que sumó el hombre desde que comenzó su asentamiento permanente en la región, hace unos 130 años, y que reconoce dos hitos importantes: los terraplenes del ferrocarril (a fines de 1890); y de la ruta 22 (en la década del ’60).
Este año tenemos la presencia del fenómeno del Niño, con precipitaciones más abundantes: la media histórica de julio y agosto es de 25 mm; pero entre el 1° de julio y el 9 de agosto de este 2026 tenemos registrados 116 mm, una cifra 4,5 veces superior.
El subsuelo arcilloso
Alerta spoiler: el verdadero “villano de la película” sería el subsuelo arcilloso, que en esta región aluvional se encuentra apenas a 60 centímetros de la superficie. A través de los siglos, las grandes inundaciones de los ríos fueron depositando una capa de lodo arcilloso que quedó sepultada a escasa profundidad.
Es decir: el suelo absorbe agua hasta esos 60 – 80 centímetros, donde se encuentra con las arcillas. Al mezclarse con el agua, esa capa arcillosa se vuelve a convertir de una masa semilíquida que se empieza a desplazar por el subsuelo.
Esa conversión trabaja en dos direcciones: por un lado, provocando hundimientos en el suelo que rompen el pavimento; por otro, ese líquido que se desplaza busca el desnivel y cuando encuentra un obstáculo, vuelve a aflorar, produciendo el desgaste y la rotura de la superficie. Sea el asfalto o la tierra consolidada que se usa en otras calles.
“En un día con sol viento, esa especie de “lechada” se convierte en una capa de barro duro, que es lo que solemos ver en las calles cuando se seca. Pero en contacto con el agua vuelve a ser una especie de lodo arcilloso”, precisó.
La conformación geológica explica por qué mantener el asfalto en esta región es más complejo que en otros lugares.