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03/10/2025

Los Bomberos Voluntarios: una historia de solidaridad, compromiso y pasión

El primer cuartel, la primera autobomba, los trajes de gala, los bailes en un salón con piso de tierra. Anécdotas del “pueblo chico” que le hizo frente a todas las adversidades.
El actual cuartel, sobre las calles Libertad y Alem, fue la segunda locación de los bomberos. Cómo fueron las gestiones para su compra. Foto: archivo.
El actual cuartel, sobre las calles Libertad y Alem, fue la segunda locación de los bomberos. Cómo fueron las gestiones para su compra. Foto: archivo.

Durante los años de 1940 y 1950, la ciudad iba creciendo a un ritmo febril. La industria frutícola era el verdadero corazón del desarrollo económico de Cipolletti y sus alrededores, y la estación del ferrocarril un termómetro de todo el movimiento que se realizaba a su alrededor.

 

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Galpones de empaque, papeleras, frigoríficos, jugueras y sidreras, bodegas, aserraderos, se multiplicaban por el casco urbano. La actividad subía, pero también crecían los riesgos de incendio y esa necesidad movilizó a la población de la ciudad. Tras una asamblea, el 25 de diciembre de 1954 se conformó la Asociación de Bomberos Voluntarios. Don José Rossi fue su primer presidente.

El primer cuartel se instaló en un espacio muy céntrico: estaba ubicado en San Martín al 670; había sido un taller de chapa y pintura de Gabrieli y Mancini, en 1956. La operación se concretó en 170.000 pesos de esa época. Y se hizo posible por la colaboración de un empresario que hizo un préstamo a largo plazo y sin intereses de 100.000 pesos. Muchos años después se supo que ese generoso aporte provino de Natalio Mabelini, titular de un galpón de empaque.

La primera autobomba se puso en marcha a partir del trabajo de los propios “Voluntarios”. Don Néstor Mazzuchelli recordó en un reportaje que Arín Leuvú hizo en Tiempo Cipoleño: “La primera autobomba fue el “Canadiense”... para mí es como un hijo por todas las satisfacciones que nos dio. Ibamos a Cinco Saltos, íbamos a Barda del Medio con quince bomberos arriba, a trabajar y nunca se rompió. Una sola vez se quemó la junta de tapa de cilindros, la cambiamos con el doctor Gobich y Samuel Quiroga, y seguimos. Por eso lo quiero como un hijo. La satisfacción de haber apagado tantos incendios con él y siempre funcionó bien.  Después vino el De Soto y el Canadiense descansó un poco”.

 

Los bomberos voluntarios de Cipolletti, herederos de una tradición solidaria. Foto: archivo.

 

El chasis del camión se lo compraron a Alberto Gandini; después se mandó a carrozar a Salguero Hermanos en Buenos Aires. Mazzuchelli recordó que “atrás tenía asientos de madera para que fueran sentados los muchachos. Yo le había hecho un toldo rebatible como la capota de un coche para que los muchachos fueran protegidos y sin sufrir tanto frío cuando volvían de los incendios todos mojados y agotados”.

Otro dato de aquellos años: el acompañamiento permanente que hacían los camiones aguateros de Sbriller. “Los choferes tenían la orden de que apenas sonara la sirena cargaran los tanque y salieran al lugar del incendio a servir de apoyo a las autobombas que como sabrá en cosa de cuatro a cinco minutos pueden tirar toda el agua que tienen en su tanque. Hasta que no se extinguía el incendio él no se iba”, precisó Mazzuchelli.

Un dato de color, que muestra el grado de interacción entre la sociedad cipoleña y sus bomberos voluntarios. Los uniformes de gala que vistieron en el primer desfile se pudieron costear con la rifa de un juego de muebles, que regaló la mueblería “El Pirincho”, de José Alejandro Fuentes. La confección estuvo a cargo de una sastrería de Bahía Blanca.

 

La historia de los bomberos de Cipolletti comenzó a gestarse en la década de 1950. Y se hizo posible por el esfuerzo comunitario. Foto: archivo.

 

Pero iban necesitando un nuevo lugar. El primer inconveniente: el cuartel de calle San Martín estaba en el centro y se dificultaban las maniobras. El segundo: no quedaba mucho lugar para seguir creciendo. En esos años ’60, los integrantes de la asociación encontraron un terreno que reunía todas las características: el de Alem y Libertad, con entrada por ambas calles.

Las condiciones para comprarlo eran bastante accesibles: 1.000 pesos de adelanto; el terreno de la calle San Martín, y el resto en largas cuotas (habituales en las transacciones inmobiliarias de aquellos tiempos). Pero los 1.000 pesos de entonces no estaban y fueron a pedir ayuda al intendente, Julio Dante Salto. Y el jefe comunal accedió a poner esos fondos municipales para que la institución pudiera disponer de un nuevo predio.

Pero después quedaba lo más difícil: la construcción del cuartel y sede social. Y una vez más, los bomberos voluntarios, sus familias y la sociedad le pusieron el cuerpo y las manos para poder terminarlo. La municipalidad aportó materiales; se hicieron rifas, se donaron más insumos… Cuando se pudo tener disponible el Salón, el panorama cambió: empezaron los bailes, con orquesta y todo. Piso de tierra al principio, porque no alcanzaba, pero con concurrencia masiva. Así que cuando la polvareda se levantaba producto del brío de las parejas, se paraba la música y aparecía la “cuadrilla de mantenimiento”.

Hoy es difícil de imaginar, pero así era en aquel Cipolletti que se pierde en la bruma de la memoria: llegaba el “Turco” Alí con su gente, pasaban una regadera para mojar la tierra, la retocaban con unas caricias de las bolsas de arpillera para emparejar, y regresaba el baile.

 

(Recopilación de artículos publicados por el escritor y periodista Jacinto Rodríguez, que firmaba con el pseudónimo Arín Leuvú, en el periódico Tiempo Cipoleño).